Para esperar sin desesperar

«El que espera, desespera», dice un refrán. Y tiene parte de razón, porque la espera, si se prolonga mucho, se apaga, como una llama, y terminamos dando por perdido lo que aún podría llegar. Dos minutos después de que te alejaras de la parada, el autobús llegó.

Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda. Bienaventurados aquellos criados a quien el señor, al llegar, los encuentre en vela.

 Jesús puede volver en cualquier momento. La muerte puede sobrevenirte cuando menos te lo esperes. Y el Espíritu te visitará, con una gracia nueva, en el instante más insospechado.

Esperar al Señor no es como esperar al autobús bajo una marquesina. Dios te ha dado, y te da, prendas de su Amor, para que la llama de tu espera no se apague. La comunión diaria, la oración frecuente, el rosario de la Virgen… No son entretenimientos para que la espera se haga más corta, sino anticipos de los bienes que esperamos. Aprovéchalos, y, alimentado con ellos, vive con sobriedad, para que la mente no se embote, y el alma permanezca despierta y con hambre. Cuando el Señor llegue –¡y llegará!– te alegrarás de haber esperado.

(TOI29M)