¡Papá, mírame!

Si de los fariseos dijo Jesús que todo lo que hacen es para que los vea la gente, ojalá se pueda decir de ti que todo lo que haces es para que te vea Dios.

¿Te has fijado en ese niño que, mientras su padre lee el periódico en un banco del parque, sube al tobogán y grita: «¡Papá, mírame!». El padre, aunque sabe que no verá nada extraordinario, aparta la vista del periódico, mira a su niño y sonríe. Y el niño, feliz de sentirse mirado por papá, se lanza rampa abajo… «– ¿Me has visto? – Sí, hijo, lo haces muy bien». Quizá había decenas de personas más contemplando la escena, pero el pequeño no teme al ridículo, y no le importan más ojos que los de su padre. Ni se fija en si le miraban los demás.

Te parecerá una escena infantil, y lo es. Pero, qué quieres que te diga, ojalá nuestra vida pudiera resumirse en esa escena. Ojalá fuésemos tan niños que prescindiéramos de cualquier respeto humano, y no tuviéramos otro deseo que hacer sonreír a nuestro Padre Dios y ser aprobados por Él, aunque los hombres nos tuvieran por idiotas, por locos… o por santos.

(TOA31)