Palabras y silencios

Dice la Escritura que la palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos (Sal 33, 6). Por eso no debe extrañarte, si esa palabra crea mientras pronuncia, que a la misma hora en que Jesús (la Palabra) dijo al funcionario: Anda, tu hijo vive, quedara sano el muchacho.

Pero Dios, amigo mío, también calla. Dentro de unos días contemplaremos cómo el Verbo divino, clavado en la Cruz, se agota hasta el silencio. Si sabes escuchar las palabras del Señor, ¿sabrás también escuchar sus silencios?

«¡Padre, Dios no me habla! ¡Le pido, y no responde! ¡Le llamo, y no contesta!»… Más que nunca deberías escuchar ahora. Con ese silencio, Dios te está hablando más que si te gritase al oído.

Me enamoran los silencios de Dios. Me duelen, pero me enamoran. Hay que sumergirse en ellos, es preciso adentrarse en su callada elocuencia. Mientras calla, Dios mira. ¡Y cómo mira! Porque, en la Cruz, ese Dios callado no te da palabras; te da su Palabra. Y te salva. Hay más vida en un silencio de Cristo que en todos los sermones de los evangelios.

Hasta que no aprendas a escuchar los silencios de Dios, no entenderás.

(TC04L)