Palabras de vida eterna

Volvían los guardias del Templo con las manos vacías. Los sumos sacerdotes los habían enviado a prender a Jesús, pero ellos, al escuchar al Señor, habían quedado cautivados por sus palabras. Jamás ha hablado nadie como ese hombre. Enfurecidos, los fariseos exclamaron: Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos.

Vuestras palabras os condenan. Porque si vosotros realmente entendierais de la ley, habríais creído en Jesús, ya que toda la ley apunta a Él. Sin embargo, esas personas sencillas, al escuchar al Señor, descubrieron la ley inscrita en sus corazones, y se conmovieron, porque las palabras de Cristo iluminaban lo más profundo de su ser. No eran malditos, sino benditos por el propio Hijo de Dios: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25).

 Aquellos benditos soldados dijeron la verdad. Jamás hombre alguno ha hablado, ni hablará, como Jesús. Guarda sus palabras, memorízalas, repítetelas interiormente muchas veces durante el día, saboréalas, y deja que alumbren vida eterna en tus entrañas. Otro hombre sencillo dijo: Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

(TC04S)