Otra mesa, otro alimento, otra condición

cananeaAquella bendita mujer cananea que dijo que también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños tenía razón. Los milagros de Jesús no eran sino migajas de su poder de Dios, capaz de curar, con un solo pensamiento, a todos los enfermos de la tierra. En cuanto a que estuvieran echadas a los perros, peor que perros nos ha vuelto el pecado. Porque el perro, al menos, reconoce a su dueño, mientras el pecado nos ha llevado a olvidar a Dios o a volvernos contra Él. Aquella mujer, indudablemente, profetizó.

Para los hijos, el Señor tenía preparado algo mejor. Porque bajo otra mesa, la de la Cruz, los perros recibimos, no migajas de pan, sino el odre santo del vino de la sangre de Cristo, derramado por entero para convertirnos en hijos. Y, ya convertidos en hijos de Dios, nos sentamos a su mesa y nos saciamos con los manjares celestiales que nos divinizan.

Por eso, si el Señor, como a esa mujer, te llama «perrillo», no lo hace para humillarte, sino para ensalzarte. No te conformes con las migajas del milagro. Confiésate, recibe su gracia, y deja que esa gracia te convierta en hijo.

(TOP05J)