Otra abuela descreída

En la homilía del bautizo del niño, expliqué a los padres: «Mirad que os llevaréis a casa un santo». Y, terminada la ceremonia, la abuela me dijo: «El niño ya era santo cuando lo trajimos a la iglesia». También a esta abuela, como a la de ayer, la sonreí con pena. Seguramente, nunca había rezado el salmo 50: En la culpa nací. Pecador me concibió mi madre (Sal 50, 7). Los niños, al nacer, ni son guapos ni son santos. Son muy queridos por Dios, por los ángeles y por sus abuelas.

Lo santos inocentes fueron concebidos en pecado, y en pecado nacieron. Pero de tal manera se unieron a Jesús, y al sacrificio redentor que había comenzado a ofrecerse en un pesebre, que la Iglesia afirma que, por anticipado, fueron bañados en la sangre de ese Cordero. A esa sangre se refiere san Juan: La sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado (1Jn 1, 7). Los llamamos inocentes, no porque nacieran santos, sino porque fueron santificados.

Llénate de alegría. La misma sangre que hizo de esos niños el cortejo de honor del Cordero te purificará a ti, y te devolverá la inocencia que perdiste en Adán.

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