¡Oh, sagrado banquete!

pan de vidaA lo largo del discurso, Jesús fue provocando el escándalo de quienes lo escuchaban. Comenzó por señalarse a Sí mismo como verdadero pan del cielo. Más adelante, habló de la necesidad de comer su carne.

¿Cómo puede este darnos a comer su carne?

En lugar de echarse atrás, Jesús dio un paso más. E introdujo un nuevo motivo de escándalo: es preciso, también, beber su sangre:

Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida.

Lo que es escándalo para el judío, es delicia para el creyente. El alma, conforme avanza el discurso, se abisma en la dulzura de ese encuentro. La carne, la sangre… y, de nuevo, el Padre:

Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Esa vida es el Espíritu, que rodea y, a la vez, llena al cristiano en la comunión, como la esponja es rodeada y llenada por el agua en que se sumerge. Por eso, el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. ¡Qué abrazo tan dulce, en el que resultamos divinizados!

(TP03V)