Nuestro ayuno tiene alma

En España nos sorprende, porque no es costumbre, esa práctica tan vista en las películas americanas de organizar un banquete en casa del muerto tras la celebración de un funeral. Contemplas a la viuda sirviendo sándwiches, y a los deudos devorando como si no hubiera un mañana, y se te hace «raro».

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo. Entonces ayunarán.

Desde luego, el Señor no pensaba en los americanos cuando pronunció estas palabras.

En cierta ocasión, y con motivo de la muerte de un ser querido, tuve que invitar a comer a familiares que habían venido de lejos. Os aseguro que deseaba estar en cualquier sitio menos allí, comiendo y bebiendo por fuera mientras el dolor me comía a mí por dentro.

Cuando te arrebatan a alguien, no te apetece comer. Te apetece estar solo y rezar.

Eso es la Cuaresma: conscientes de que, por el pecado, lo hemos expulsado de nuestras vidas, echamos de menos a Dios. Por eso buscamos la soledad y despreciamos la comida. Nuestro ayuno tiene alma, y es alma de nostalgia. En el fondo, quisiéramos comer, pero con Él. Por eso hacemos penitencia, para acortar distancias. Cuando lo hayamos traído de vuelta, comeremos.

(TC0V)