Nuestro Amor vive allí

Mercaderes entrando y saliendo del templo, animales llenando el suelo de inmundicia, dinero que pasa de unas manos a otras, regateos discutidos a gritos, olor pestilente… Cuando Jesús entra allí, y contempla el espectáculo, se le remueven las entrañas. El celo de tu casa me devora.

Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas.

¿Cómo se encontrará el Señor en nuestros templos? Si, para Él, el Templo de Jerusalén era la casa de su Padre, nuestras iglesias son la casa de nuestro Señor. ¿Nos devora el celo? Me han dado ganas de llorar cuando he visto patenas y cálices que parecían escupideras. ¿Están limpios nuestros templos? ¿Procuramos tener los mejores ornamentos? ¿Los cuidamos como cuidaría la Virgen las ropas de su Hijo? ¿Son nuestras iglesias espacios de silencio y oración? ¿Honramos al Señor en el sagrario con genuflexiones fervorosas?

Pensarás que estas palabras están escritas para sacerdotes y sacristanes. Ahí tienes lo tuyo: ¿Visitas cada día a Jesús en el sagrario? ¿Apagas el móvil cuando entras en la iglesia? ¿Procuras, en el templo, no hablar con nadie más que con Dios?

(TCB03)