No te vayas

En los once primeros versículos del capítulo 15 de san Juan, el verbo «permanecer» aparece diez veces. Por diez veces seguidas, en tan poco tiempo, te suplica el Señor que vuestro amor –el que os tenéis Jesús y tú– no sea cosa de un rato. Es grito de enamorado: «¡Quédate conmigo! ¡No te vayas!».

«Haces» tu oración, y le dices al Señor palabras ardientes. Pero, a los quince minutos de terminarla, esos mismos labios están despellejando al político de turno, al vecino de enfrente, o al cuñado de cuota. La misma lengua que arde con jaculatorias, a la media hora, se deleita saboreando la mentira. Y Jesús, a quien ya no escuchas, llora: «¿Por qué te has ido? ¡Quédate!».

¿Cómo puedo, Jesús, permanecer a tu lado todo el día, toda mi vida? Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. «Mi palabra no es un pañuelo de usar y tirar. Vienes, enjugas con él lágrimas ardientes, y lo tiras al salir. ¿Acaso se deshizo Verónica del velo con que enjugó mi rostro? Pues, más que en ese velo, están mis rasgos impresos en mi palabra. Guárdala, como la guardó en su corazón mi Madre, y estaremos juntos todo el día».

(TP05J)