No te quedes mirando

Mirar a Jesús es la forma de enamorarse de Él. Los grandes amores comienzan siempre con un flechazo. Ojalá seas muy contemplativo en tu oración, y te deleites recreando los pasajes evangélicos como si estuvieras allí, junto al Señor.

Pero recuerda que la oración contemplativa, si es auténtica, nunca se queda en la mirada. Zaqueo se subió a un sicomoro para ver a Jesús. Y, desde luego, lo vio. No sólo lo vio; también Jesús lo vio a él. Y, en ese cruce de miradas, surgió el amor.

De nada hubiera servido aquel flechazo, si Jesús y Zaqueo se hubieran quedado mirándose. Era necesario un paso más: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa. Y, al recibir al Señor, Zaqueo fue salvado.

Te emocionas mientras rezas; te he visto llorar. Y dices estar locamente enamorado de Jesús… Pero, hasta que no lo recibas en tu vida, hasta que no llenes tu corazón con su paciencia, con su mansedumbre, con su amor por los enemigos, con su perdón incondicional de todas las ofensas, y con su obediencia a la voluntad del Padre, no estarás salvado. Ya has mirado a Jesús. Ahora, déjalo entrar.

(TOI33M)