No te olvides el alma en el asiento

La unión carnal de los esposos no es un mero acto corporal. Es un encuentro gozoso entre tierra y cielo, realizado en los cuerpos de un hombre y una mujer que se aman en Dios.

Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Pero, para que así suceda, la carne debe ir acompañada del corazón y del alma, que la santifica. No son sólo dos cuerpos los que se unen: son dos corazones y dos almas. Esa unión es tan carnal como espiritual, tan terrena como celestial. Entre un hombre y una mujer, una unión puramente carnal, sin alma, que es la propia de los animales, resulta algo bestial y degradante. Para los dos. El dormitorio de un matrimonio cristiano no debe convertirse, jamás, en una «casa de fieras».

Quiero ir más allá: recuerda que, cuando comulgas, también el Señor y tú os hacéis una sola carne. Por el Amor de Dios, no te olvides el alma en el asiento cuando vayas a comulgar. Pon amor, fervor, emoción y gratitud. No conviertas la comunión en una mera deglución de la sagrada Hostia. Sería un sacrilegio.

(TOI19V)