No seas tan «fuerte»

A muchas personas les cuesta más trabajo reconocerse débiles y heridos que reconocerse pecadores. Lo notas, entre otras cosas, porque, cuando vienen al confesonario, vienen con rabia. «¡Esto es indigno de mí!», parecen pensar. Se exigen a sí mismos sin compasión, y exigen a los demás de la misma manera. Están dispuestos a ayudar a quien lo necesite –¡faltaría más!–, pero no a reconocer que ellos mismos necesitan ayuda.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, curando toda enfermedad y toda dolencia. El Señor viene a sanar a los enfermos, porque la Humanidad está enferma. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas. Viene movido por la compasión, porque ha sentido pena de nosotros.

Pero si nunca lloras, si tan fuerte eres, si tan sano estás que tus pecados no son más que cucharadas de sopa que has vertido en la camisa nueva, y te obligan a llevarla, con gran fastidio, a la lavandería del confesonario… Entonces creo que el Señor no viene por ti. ¡Dar pena, tú! ¡Hasta ahí podríamos llegar!

Mira: reconocer que eres débil, que estás herido y das pena no es sólo humildad: es dar paso a una magnífica noticia. Despierta.

(TA01S)

“Misterios de Navidad