No sé quién eres, pero sabes quién soy

Puede que sea la forma más clara de dominio sobre otra persona, y por eso los demonios quisieron ejercerla sobre Jesús:

Sé quién eres: el Santo de Dios.

A menudo lo decimos: «Te conozco; a mí no me engañas». Desvelar el misterio de otra persona equivale a poseerla, del mismo modo que uno se apodera de un artefacto cuando conoce su funcionamiento.

Pero los demonios se equivocaban. La pregunta: «Jesús, ¿quién eres?», esa misma pregunta que Jesús formuló a sus apóstoles, es un pozo sin fondo; no tiene respuesta humana posible. Cualquiera que ame a Jesucristo sabe que su misterio es inescrutable. Siempre podemos conocer algo más de Él, y, cuanto más conocemos, más conscientes somos de lo que se nos oculta. ¡Qué aventura, dedicar la vida sólo a conocer a Jesucristo! Uno podría morir sin haber llegado más allá de un apasionado aprendiz.

¡Es tan poco lo que conocemos, incluso de nosotros mismos!

Sin embargo, Señor, mi misterio es un libro abierto ante Ti. Tú me conoces mejor de lo que yo me conozco a mí mismo. Y, al conocerme, me posees sin dominarme. Soy yo quien me rindo ante tu Amor. Porque sólo por Ti me siento comprendido.

(TOB04)