No es tan fácil, no

Hablar es fácil. Escribir también. Lo difícil es vivir; y vivir como Dios quiere, más que difícil, es imposible. Sólo el milagro de la gracia puede obrar en nosotros una vida santa… si nos dejamos.

Vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. ¿Cuánto tardó san Lucas en escribir estas palabras? ¿Cuánto he tardado yo en leerlas? Cualquiera podría pensar que la conversión es tan sencilla como escuchar «Ven» y responder «Voy»…

Pero no es así. Rezas, escuchas la llamada del Señor y, muchas veces, te tapas los oídos. «Seguro que es mi imaginación. Dios no puede pedirme “eso”». «Bah, es que este sacerdote exagera. Dios no pide tanto».

Cuando, finalmente, abres el oído, y aceptas que esa llamada de Dios es para ti, te quedas mirando al Señor como un preso tras las rejas de su celda. «Señor, ¡si yo quiero ir contigo! Pero no puedo, estoy atrapado».

Hablar es fácil. Escribir también. Pero, para vivir como Dios quiere, lo mejor es que te arrodilles y reces como rezó san Agustín: «Señor, dame lo que me pidas, y pídeme lo que quieras».

(TC0S)