No es falta de fe. Es la noche

Jesucristo está realmente presente en nuestros sagrarios. Mora, por su Espíritu, en nuestras almas en gracia, convertidas en templos de su gloria. Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el Señor se ha marchado.

Desde su ascensión, ni pueden verlo nuestros ojos, ni pueden escuchar su voz nuestros oídos, ni pueden nuestros brazos rodearlo. Para los sentidos, el Señor está lejos. En ocasiones me decís: «¿Por qué esta pesadez del alma? ¿Por qué esta tristeza en el corazón? ¿Por qué esta sensación de soledad? ¡Qué poca fe! Si el Señor está conmigo, no debería sentirme así». Pero no es poca fe. Son las tinieblas sensibles en las que la fe deja ver su luz.

Sin embargo, ten cuidado. En esos tiempos de oscuridad, cuando no percibes más que el cansancio, cuando el entusiasmo sensible ha desaparecido, pronto surge la tentación de aflojar y buscar compensaciones. Recuerda, entonces, que el mismo Señor que se marchó volverá.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Haz caso al alma, y no al cuerpo. Aprieta en lugar de aflojar. Despierta, mantente en vela, porque, cuando vuelva –y volverá–, el Señor quiere verte despierto para bendecirte de nuevo con la luz.

(TOP21J)