Ni Jonás se atrevió a tanto

La conversión de los ninivitas fue algo asombroso. Normalmente, las cosas no suelen suceder así. Si yo entro en una casa de juego llena de ludópatas –por no referirme a otros ambientes– y grito: «Dios os incendiará el garito porque sois unos pecadores», lo normal es que se organicen apuestas sobre cuántos huesos míos acabarán rotos tras la paliza. Pero Jonás advirtió a los ninivitas que Dios los iba a destruir, y los ninivitas se convirtieron sin haber presenciado más signo que la palabra de un pobre hombre. Impresionante.

Ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cristo es mucho más que Jonás. Jonás pedía que los hombres se convirtieran a Dios, y Cristo quiere se conviertan a Él. Jonás no hizo ningún signo, pero Cristo se mostrará despreciable en la Cruz.

Nuestra conversión no es al Dios que amenaza con fuego, sino al Crucifijo. Consiste en mirar a la Cruz, contemplar al que perdona, al que soporta la humillación, al que sirve, al que se entrega… Es la conversión del buen ladrón, y la de san Juan. Eso es mucho más –y mucho más dulce– que lo que pedía Jonás.

(TC01X)