Ni dóricas, ni jónicas, ni corintias

Lo aprendí en el bachillerato: dórico, jónico y corintio son los tres estilos de las columnas romanas. Pero, cuando ves un templo, las columnas que sostienen el frontón son todas iguales: o todas dóricas, o todas jónicas, o todas corintias. Qué aburrimiento.

Y qué poco aburrida es la Iglesia. Porque los santos son, cada uno, de su padre y de su madre.

Aquellos a quienes llamamos «columnas» de la Iglesia no podrían ser más distintos uno de otro. Pedro es pura fragilidad revestida de arrojo, y Pablo es tremenda fortaleza interior revestida de fragilidad. En Antioquía, Pablo se enfrenta a Pedro. Mientras el Papa intentaba contemporizar con los judíos, Pablo, tras haberles anunciado, sin éxito, a Jesucristo, se sacude ante ellos el polvo de los pies, y recrimina púbicamente a Pedro sus cesiones «diplomáticas».

Con columnas tan diversas edifica su Iglesia el Señor. Alégrate. Porque tú no eres dórico, ni jónico, ni corintio. Eres tú. Así, tal como eres, te ha elegido también el Señor. Y puedes ser tan santo como aquellas columnas sin dejar de ser tú mismo. Basta con que ames al Señor y a la Iglesia como ellos, hasta dar la vida. Eso debería unirnos a todos.

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