Nacidos a una vida nueva

Cuando Jesús, antes de ascender a los cielos, se refiere al bautismo, ya no habla del bautismo de Juan, ni de las abluciones rituales que solían realizar los judíos. Porque, al salir del sepulcro, Cristo ha inaugurado el nuevo y definitivo bautismo, del que todos aquellos baños no eran sino figuras:

El que crea y sea bautizado, se salvará.

Quien, por el sacramento del Bautismo, resulta bañado en la Pasión de Cristo y amanecido a su resurrección gloriosa, se salva, porque es alumbrado a una vida nueva, que los profetas no pudieron sino soñar. Allí, en esa vida nueva que disfruta el alma en gracia, el cristiano respira cielo mientras vive todavía en la tierra.

Echarán demonios en mi nombre, porque el demonio resulta expulsado del alma por el agua bautismal. Hablarán lenguas nuevas, porque, en ese santuario, el cristiano habla con Dios con los gemidos inefables del Espíritu. Cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño, porque la misma muerte nada puede contra el alma en gracia, sino llevarla al Paraíso. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos. ¡Qué nos lo digan a los sacerdotes! Lo comprobamos en cada absolución.

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