Motas que parecen vigas…

Hablemos de motas y de vigas. De motas que nos parecen vigas, y vigas que nos parecen motas.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?

Si lees en la prensa que un hombre, en Nueva Zelanda, ha enloquecido y ha matado a tiros a veinte personas, apenas le dedicas un pensamiento y pasas la página. Pero si, al terminar de leer, descubres que tu cónyuge ha dejado los calcetines tirados en el suelo, montas en casa la tercera guerra mundial. Y si tu propio cónyuge, o tus hijos, te dicen que no es para ponerse así, respondes que la culpa es suya, porque acaban con tu paciencia.

Ridículo. Pero cierto. La mota de quien tienes cerca se te convierte en viga, la viga de quien está lejos te parece mota, y tu propia viga no existe. ¿No te percatas de tu ceguera?

No has montado ese espectáculo para ayudar a tu cónyuge a que sea más ordenado, sino para no encontrarte calcetines en el pasillo. Para «sacarle la mota», le diste con tu viga en el ojo. Más te hubiera valido callar.

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