Mírate las manos

Lo hemos escuchado muchas veces: nadie se salva solo. La santidad es el asunto menos personal del mundo, y lo mismo sucede con el pecado. Mi vida afecta, para bien o para mal, a las vidas de otras muchas personas.

Llegada la Última Cena, dice san Juan que Jesús supo que el Padre había puesto todo en sus manos (Jn 13, 3). Se estremecía por dentro pensando que la redención de los hombres dependía de su obediencia.

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. Déjame recordarte que ese Hijo, Jesús, te ama como el Padre lo amó. Mírate las manos. ¿Acaso crees que están vacías? Tu mujer, tu marido, tus hijos, tus compañeros de trabajo, tus vecinos, tus amigos, tus compatriotas… Todo cuanto hagas les afecta, para bien o para mal.

Sé que puede provocar cierto vértigo, pero mejor sentir ese vértigo que caminar frívolamente por la vida. Un mal pensamiento consentido en un rincón del pasillo de tu casa afecta a la Creación entera. Y un acto de amor realizado en tu interior, sin que nadie lo advierta, puede redimir muchas almas y sacar otras tantas del Purgatorio.

Ten cuidado con tu vida.

(TP02J)