Míralo: es tu hermano

A la vista de las palabras del Evangelio, uno podría pensar que son demasiadas cosas las que tienen que cambiar: Sed misericordiosos… No juzguéis… No condenéis… Perdonad… Dad… ¿Podré con todo en una sola cuaresma?

Sin embargo, no es verdad. Todos esos mandatos son consecuencias de un solo cambio: el de los ojos. ¿Cómo miras a tu prójimo?

Si miras a tu prójimo como a un enemigo del que te debas defender, no podrás practicar con él la misericordia. Si lo miras como a un culpable a quien debes juzgar, ¿cómo podrás perdonarlo? Si lo miras como a un deudor que te debe algo, ¿cómo serás capaz de darle más antes de que él pague su deuda?

Cambia de ojos. Mira al prójimo como lo que en realidad es: un hermano, y un pobrecito. Como tú, está enfermo de pecado y de sufrimiento. Y, entre pecadores, más nos valdría llevarnos bien y ayudarnos, porque todos nos necesitamos unos a otros.

Antes incluso de que la gracia nos convirtiera en hijos de Dios, el pecado y la muerte ya crearon una misteriosa fraternidad entre nosotros. Es la fraternidad de los pobres y enfermos, que aprenden a quererse, porque se necesitan mucho.

(TC02L)