Miedo a la muerte y deseo del cielo

Tengo miedo a la muerte. A la mía, y a la de mis seres queridos. No me parece falta de fe. Creo firmemente en la vida eterna, y, sin embargo, tengo miedo a mi muerte y a la de los míos. Cuando alguien me dice que no teme a la muerte, pienso que me miente, o que necesita con urgencia un psiquiatra. El propio Hijo de Dios tiritó y sudó sangre ante la muerte. ¿Cómo voy yo a avergonzarme de temerla?

No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.

No diría eso Jesús si no supiera que nuestro corazón, creado para la vida, tiembla naturalmente ante la muerte. Pero, al mostrarnos la fe como respuesta a nuestro miedo, nos invita a ir más allá del temblor:

Voy a prepararos un lugar.

La mirada de fe cruza esa barrera de oscuridad que la muerte levanta en el horizonte, y descubre, tras ella, un caudal de luz y amor. Y, de tal manera se enciende el corazón en ansias de cielo, que el miedo a la muerte queda en nada, comparado a esos deseos. Mucho más de lo que temo a la muerte, deseo abrazar a Cristo.

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