Mentar al sirio…

Se desató la furia de los nazarenos cuando Jesús mentó al sirio:

Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.

Peor que mentar al sirio en casa del hebreo es ponerlo como ejemplo. Y peor aún, que sea verdad. Porque Naamán, a quien Eliseo ni siquiera se dignó recibir, obedeció los consejos que el profeta le hizo llegar por medio de un mensajero. Y no eran, precisamente, consejos sabios, sino ridículos. ¿Por qué habría de desaparecer la lepra tras siete baños en el Jordán? ¿Y si eran seis, o cinco? ¿Y si se bañaba en el Farfar? Pero, más que de acertar, se trataba de obedecer, de hacer la voluntad de Dios, expresada por el mensajero del mensajero. Obedeció, y sanó. Los nazarenos, sin embargo, no estaban dispuestos a obedecer al mismo Dios hecho hombre. ¿Qué tenían ellos que aprender de un sirio?

Aprendamos tú y yo. No oirás una vez del cielo indicándote el camino. Pero el sacerdote, tu confesor, ese pobre hombre tan feo que es enviado de Dios, te ha dado unos consejos –si le has dejado, claro–. Obedece, y sanarás. Como Naamán.

(TC03L)