Me tienes a Mí

Al amanecer del género humano, cuando el primer hombre sobre la tierra aún se desperezaba, Dios lo miró y se dijo: No es bueno que el hombre esté solo (Gén 2, 18).

Miles de años después, cuando el Hijo de Dios bajó a una tierra herida de muerte, un enfermo que llevaba postrado en tierra treinta y ocho años le dijo: Señor, no tengo a nadie. Y Jesús, como en aquel amanecer primero, se compadeció: Levántate, toma tu camilla y echa a andar. Pero, tras estas palabras, latía un mensaje infinitamente más consolador que la curación de unas piernas heridas: «Me tienes a Mí».

No peques más, no sea que te ocurra algo peor. Y, de nuevo, un mensaje oculto y manifiesto: «No te separes de Dios, y jamás estarás solo. Pero, si pecas, aunque cuentes con todo el afecto de todas las criaturas para ti, tu soledad será terrible».

«Me tienes a Mí». Mira al Crucifijo. Él ha descendido a tus soledades, a tus temores, a tus sombras, a tus lágrimas… ¡a tus pecados!, para ofrecerte su mano llagada. Tómala, y Él no te abandonará. No lo abandones tú a Él. No es bueno que el hombre esté solo.

(TC04M)