Me desataste, y puedo beber

Quizá se reían de ella. La pobre mujer llevaba dieciocho años encorvada, sin poderse enderezar. Probablemente, la despreciaran como a una maldita. Algo malo habrían hecho, ella o sus padres, para merecer semejante enfermedad.

Los ojos del Señor la miran. Y ven lo que nadie ve. Una cuerda invisible con la que su cuello está atado a tierra. Como un animal atado al pesebre, que puede comer, pero no puede acercarse a beber al arroyo. Comemos suelo y bebemos cielo. Más allá de aquella mujer, ve Jesús a los hijos de Adán, encadenados a la tierra, de la que llenan su vientre, pero incapaces de mirar al cielo, de donde brota el agua que sacia el alma.

Hipócritas –increpa a los fariseos, quienes se quejan de que el Señor la haya curado en sábado– cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y los lleva a abrevar?

¿No ha hecho lo mismo el Señor contigo y conmigo? ¿De cuántas ataduras te ha liberado para que puedas beber cielo en su costado? Da gracias. Y recuerda que, si te ha desatado, es para que emplees tu vida en amarlo y alabarlo. Eres hijo de Dios.

(TOI30L)