¡Me alegro de que hayas nacido!

No tengo la menor idea de si, en los tiempos en que vivió la Virgen, los cumpleaños se celebraban en Israel. Sé que hoy los celebramos; hace no muchos días celebré el mío. Y también sé que, aunque todas las felicitaciones se agradecen, las que más llegan al alma son las verdaderas. Una verdadera felicitación de cumpleaños es la de quien te dice «felicidades», como todo el mundo, pero, con el tono de su voz o con su mirada, te suelta un discurso silencioso: «¡Me alegro de que hayas nacido!». Eso emociona.

Por eso la Iglesia, en este día de la Natividad de la Virgen (es decir, su cumpleaños), nos muestra a José: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer. Repito que no sé si José felicitaba el cumpleaños a la Virgen, ni tan siquiera si conocía el día de su nacimiento. Pero acogió a María lleno de amor y, en cada una de las muchas miradas de amor a su esposa le decía: «¡Me alegro de que hayas nacido!»

¡Me alegro de que hayas nacido, Madre! Te lo diré con los ojos, con el alma y el corazón. No concibo mi vida sin tenerte cerca.

(0809)