Más dulces que la miel

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila (Sal 19, 11). Esto dice la Escritura sobre los mandatos de Dios. Sorprende que, antes de cumplirlos, el hebreo se deleite saboreándolos. Nadie disfruta recitando la Ley de Arrendamientos Urbanos. Sin embargo, el buen judío paladea la Torah.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros… Más dulces aún que aquella Torah, las palabras del Señor deben ser saboreadas. Ellas son la savia que une a la vid con los sarmientos. En la medida en que el cristiano recuerda las palabras de Jesús, permanece unido a él.

No es tan raro. Un «te quiero» que acaricia los oídos del enamorado puede repetirse en su pensamiento cien mil veces en un día. Las palabras de Cristo son el «te quiero» de Dios.

Sé que tienes todo el Evangelio en tu smartphone. Pero no sólo tu smartphone tiene memoria. Tú la tienes también. Úsala. Memoriza las palabras de Jesús y repítelas en tu interior. Él permanecerá en ti, y tú en Él.

(TP05X)