¡Más cerveza, por favor!

«¡Qué mal está el mundo! ¡Cuánta frialdad hacia la religión, cuánto hedonismo, cuánta mentira, cuánta injusticia, cuánta corrupción, cuánto odio, cuánta lujuria, cuánta desvergüenza, cuánto egoísmo!». Así se quejan, y después buscan refugio en el templo, donde sueñan que son ellos los elegidos que han quedado a salvo. Vuelven a casa, procurando no entrar en el bar, para no mancharse, y esperan a la muerte entre devociones que los vuelvan impermeables a esa ola de paganismo.

¡Cuánta estupidez! ¡Cuánta ceguera! ¿Por qué no miráis el mundo con los ojos de Cristo, en lugar de juzgarlo según vuestra intolerancia?

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». ¿No os da lástima que tantas almas vivan –¡mueran!– sin Dios en sus vidas? ¿No sentís compasión de quienes viven –¡mueren!– sumergidos en el pecado? ¿A cuántos, que no conocen a Cristo, habéis hablado del Señor y de su Amor? ¿En cuántos bares habéis entrado? ¿Cuántas cervezas habéis bebido anegando, entre vuestras palabras de consuelo, las blasfemias de los borrachos?

La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.

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