María santísima, como un pilar

En su humanidad santísima, Jesús era el hijo que hubiese deseado tener cualquier madre. Y aquella mujer de entre el gentío  de la que nos habla san Lucas, al verlo, pensó en la afortunada mujer que lo dio a luz, y sintió envidia:

¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!

Jesús aceptó el cumplido, orgulloso de que así honrasen a su Madre. Pero no dejó pasar la ocasión de impartir, para aquella mujer y para nosotros, una oportuna catequesis:

Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Ninguna criatura ha contado, jamás, con los privilegios que tuvo María: inmaculada desde su concepción, madre de Dios, bendita entre las mujeres… Pero ninguno de estos privilegios hubiera sido suficiente para santificarla sin el concurso de su voluntad. Si llamamos «Santísima» a María, es porque Ella acogió todos aquellos dones con gratitud en lo más profundo de su corazón, escuchó con recogimiento la palabra de Amor que esos dones transmitían, y entregó su vida al cumplimiento del plan de Dios sobre Ella.

Quien recibe dones de Dios es un agraciado. Quien cumple su voluntad es como un pilar. No tiembla, está asentado para siempre.

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“Evangelio