Maravillosa Marta

Santa Marta es todo un personaje. Es de esas santas que a uno, además de inspirarles devoción, le caen simpáticas. Por su humanidad, su bendito descaro, su fragilidad no escondida y, sobre todo, el inmenso amor que profesa a Jesucristo. No es refinada en las formas, como su hermana. Las dos veces que aparece en los evangelios resbala estrepitosamente. Y se levanta, se arregla el delantal, se arrodilla y nos sorprende con un espíritu maravilloso. Siempre he imaginado a Jesús sonriendo mientras la corrige.

Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Toda la hospitalidad de siglos del pueblo judío cabe en el corazón de esta mujer. Ella es la que acoge, como acogió Abrahán a los tres misteriosos viajeros; la que se desvive por ofrecer lo mejor; la que considera un privilegio que el Señor invada su casa y llegue «hasta la cocina». Su forma de hacer fiesta al Invitado es alborotarse, deshacerse en atenciones y procurar que nada falte. Yo conozco a mujeres así; cuando se trata de Dios, nunca les parece haber hecho o haber entregado bastante.

¡Bendita Marta! ¡Si comulgásemos nosotros con el mismo entusiasmo con que acogiste en tu casa al Salvador, seríamos santos!

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