¡Mamá!

Un hombre que acababa de perder a su madre se lamentaba de que no volvería a decir «mamá». Le respondí que de ninguna manera sería así; que, a partir de entonces, tendría que decir «mamá» más veces que nunca, porque «mamá» es la Virgen, y en ella debería buscar a esa madre que en la tierra le faltaba.

Decir «mamá» nos hace niños. Por eso el trato filial con la Virgen me parece el camino más dulce a la infancia del espíritu. La infancia del espíritu no es como la del cuerpo. El niño es inocente porque sus ojos aún están cerrados para el mal. La infancia del espíritu, sin embargo, es para quienes, habiendo conocido el mal, desean la inocencia de la niñez. Son hijos pequeños de la Virgen, a quien llaman «mamá», y en cuyo manto se refugian para ser contagiados de la limpieza de la Purísima.

Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Así presenta la Virgen a sus niños ante Jesús, y así los acoge el Salvador. Mira a una imagen de la Señora, y llénate la boca: «¡Mamá!».

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