Luz y sombras; silencio y ruidos

Cuando no hay luz, tampoco hay sombras. Todo es oscuridad. Aunque la pupila de los hombres, con el tiempo, se dilata, y aprenden a vivir entre tinieblas una vida triste.

Hasta que se hace la luz. Y, con ella, surgen los colores, y también las sombras. Ayer nos decía san Juan que el Verbo vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Lo sabemos, porque tuvo el Niño Dios que nacer en un establo. Y lo comprobamos hoy, ante la lapidación de Esteban.

Dios envía al mundo su Palabra, y los hombres, dando un grito estentóreo, se taparon los oídos (Hch 7, 57). La gente grita mucho, porque no quiere escuchar al Verbo de Dios. No soportan el silencio, les da miedo. ¡Es tan real! Para muchos, «fiesta» significa sólo ruido; ruido y petardos, que nada se oiga, que no se escuche a Dios. Si los peces, en el río, beben, y beben, y vuelven a beber, los hombres, en el mundo, hablan, y hablan…

Tú guarda silencio ante el Belén. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Calla, contempla, y deja hablar a Dios.

(2612)

“Evangelio