Los sacerdotes en la parábola del buen samaritano

Perdonad si dirijo mi comentario de hoy, sobre todo, a los sacerdotes. Pero en algún momento habrá que reparar en ellos cuando leemos la parábola del buen samaritano.

Hay dos sacerdotes en la parábola, aunque sólo a uno se le identifica como tal. Y ¡menudo papelón, el suyo!:

Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

Le pido al Señor, con toda mi alma, que jamás estemos los sacerdotes tan ocupados en las «cosas de Dios», que olvidemos a los hijos de Dios; que nos detengamos para confesar a quien nos lo pida, aunque lo pida a destiempo; que jamás aleguemos estar muy ocupados para eludir la visita a un enfermo.

Al segundo sacerdote de la parábola lo llaman posadero, pero es sacerdote.

Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva.

En nuestras manos ha dejado Cristo a sus enfermos. Debemos curarlos con la absolución sacramental y alimentarlos con la Eucaristía. Y, si se nos va la vida absolviendo pecadores, bautizando niños, y celebrando misas, gran recompensa recibiremos cuando el Señor vuelva. En la posada de la Iglesia, somos los posaderos de Cristo.

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