Los hijos de Pablo

Pablo, que fue célibe, tuvo hijos. A los Corintios y a los Gálatas les asegura que él es su padre y su madre, como lo atestiguan sus dolores de parto. También Timoteo y Tito fueron hijos suyos. Él los dio a luz con su predicación y su entrega. ¡Cómo se preocupaba por ellos! Igual que una madre, les aconsejaba, se interesaba por su salud y los instruía. El estómago de Timoteo le dolía a su padre: ya no bebas más agua sola, sino toma un poco de vino a causa del estómago y de tus frecuentes enfermedades (1Tim 5, 23). ¡Qué sabio consejo!

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Pedidle a Dios que los sacerdotes, como Pablo, tengamos hijos. Rogadle que nos conceda una santa fecundidad y que, como fruto de nuestra entrega y de nuestra predicación, veamos a jóvenes abrazar con gozo la vocación sacerdotal. Algunos lo pedimos como Abrahán, porque vamos cumpliendo años y no vemos progenie. Suplicadle al Señor que, aunque no lo merezcamos, seamos fértiles. La Iglesia necesita sacerdotes santos. ¡Si, al menos, cada sacerdote alumbrase una vocación, podríamos morir tranquilos!

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