Los ejercicios espirituales de mamá

Llega mamá radiante, un domingo por la tarde, después de realizar unos ejercicios espirituales de fin de semana. Parece Moisés, cuando bajaba del Monte: le brilla el rostro, y cualquiera diría que camina a dos palmos sobre el suelo… Hasta que entra en el salón. Papá yace en sofá, delante del televisor, mientras los niños pelean a gritos en la habitación. Hay ropa por los suelos, nadie ha recogido la basura, los platos sucios se amontonan en el fregadero… Y el rostro mirífico de mamá se muda, se enrojece, se encoleriza y arde. Un grito llena la casa:

«¡Ya me habéis estropeado los ejercicios! ¡Tan contenta como venía!»

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

Buscar la Roca es trabajo silencioso; no bastan dos días de ejercicios. Se requiere constancia en la oración, un día, otro día, otro día… Como hinca, una y otra vez, la pala en tierra el que construye.

Cuando la encuentres, nada podrá arrebatarte la paz.

(TA01J)