Los dos de siempre

Contemplemos, sobreimpresas, dos escenas evangélicas.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano». ¿Veis con qué insolencia trata a Dios? Está erguido, mira a Yahweh de igual a igual… ¡Yo lo valgo!

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23, 39). ¿Lo reconocéis? «Tú eres bueno, y yo no soy tan mal tipo. ¿Qué hacemos aquí? Bájate de la Cruz y bájame a mí».

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Mirad cómo reconoce sus culpas; contemplad con qué respeto le habla a Dios.

Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 41-42). ¿Lo reconocéis? ¿Verdad que sí?

Sólo uno llegó al Cielo. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no.

(TC03S)