Los dos bandos, ya enfrentados

Hay una asociación misteriosa entre Belén y el Calvario. Sin duda, toda la Pasión de Cristo se encuentra presente en su mismo nacimiento, como en germen, hasta que el árbol de la Cruz entregue el divino fruto que colgará de sus ramas.

Desde Belén, el encuentro de la pureza de Dios con el pecado de los hombres es traumático. Y en ese conflicto todos estamos implicados. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso (1Jn 1, 10).

La sangre y el agua que brotarán de la Cruz se derraman ya, por adelantado, en la matanza de los inocentes. Son la sangre de los niños, masacrados por la crueldad del tirano, y las lágrimas de Raquel, que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven.

Desde ahora mismo, es necesario que escojamos bando. El de Herodes, por desgracia, lo hemos engrosado muchas veces con nuestras infidelidades. Escojamos ahora, mientras contemplamos el nacimiento del Mesías, el bando de quien, desde niño, sufre los pecados de los hombres. Y digámosle al hijo de María: «Soy tuyo, te pertenezco. Tú has llegado a mi vida, y yo te pido que jamás permitas que, en adelante, me separe de ti».

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“Evangelio