Los buenos y los santos

En ocasiones, los «buenos» dan cierto miedo.

Hablan de Jesús como si fuera, simplemente, un hombre bueno, que amó a los pobres, perdonó a los pecadores y curó a los enfermos. Procuran seguir su ejemplo de bondad, y nos animan a todos a que lo imitemos.

No cabe duda: los buenos dicen cosas buenas. Desde luego, el ejemplo de bondad que nos ha dado Jesús no es fácil de imitar. Aunque, si lo hiciéramos –¡ojalá!–, y el mundo se llenara de personas buenas, este planeta sería más habitable.

Pero, cuidado: un mundo utópico de personas buenas, a imagen de la bondad de Jesús, no sería, necesariamente, un mundo salvado.

Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis.

La vida eterna no es el mero fruto de un comportamiento bondadoso. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo (Jn 17, 3).

Jesús no fue sólo un hombre bueno: es el Hijo amado de Dios. Y sólo quien, a través de Él, conoce y ama al Padre tiene vida eterna. No basta con ser buenos; queremos ser santos.

(TC04V)