Lo que sucede con las vigas

Una mota en el ojo es incómoda. Si no logras sacarla, pides ayuda: «Cariño, ¿puedes sacarme la mota del ojo?». «Cariño» saca su pañuelo, lo pasa con delicadeza por tu globo ocular, y asunto arreglado. Salvo que «Cariño» tenga una viga en el suyo. En ese caso, estáis perdidos los dos.

Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

Lo más curioso de todo es que, mientras tú te quejabas, «Cariño» no dijo ni «mú». Es más: se le hubieras preguntado, te habría dicho que ve perfectamente.

Suele suceder con las vigas. Cuesta reconocer que uno las lleva puestas en lugar de las gafas. Al fin y al cabo, si uno tiene una mota en el ojo, sólo tiene un problema. Pero, si uno tiene una viga, es un botarate. ¿A quién se le ocurre ir de paseo a las obras de al lado y llevarse una viga entre los párpados? Mejor decir que llevas un nuevo modelo de gafas, y que te tomen por snob antes que por idiota.

¡Cuánto te cuesta dejarte ayudar! ¡Y todo por no reconocer que tus pecados te han nublado la vista!

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