Lo que nadie preguntó

Le bastó a Jesús una palabra para cautivar el alma de Mateo: Sígueme. Con la misma palabra cautivó a Felipe, Juan, Andrés, Simón… Y, en ninguna de las ocasiones en que la pronunció, el aludido respondió: «¿A dónde?».

Si a mí me aborda por la calle un señor con barbas y me dice «sígueme», y yo contemplo la posibilidad de obedecerle, primero le pregunto: «¿A dónde quieres llevarme?». A Jesús nadie se lo preguntó. Le siguieron sin más.

¿Por qué? Porque a aquellos hombres no les importaba lo más mínimo. La mirada de Cristo, y su voz, habían despertado en lo más profundo de sus corazones los mismos sentimientos que la voz de un padre despierta en el corazón de un hijo, o la del buen Pastor en la oveja de su redil. Supieron, en un instante, que aquel hombre que les hablaba lo era todo para ellos, y que el mero hecho de caminar junto a Él convertiría su camino en meta, y su destierro en hogar. Sólo Juan preguntó: ¿Dónde vives? (Jn 1, 38).

Es lo mismo que decir: «Quiero vivir contigo». Porque, si alguno hubiera respondido al Sígueme con un «¿Adónde?», la respuesta hubiera sido: «A mí».

(TOI01S)

“Evangelio 2022