Lecciones veraniegas

Hace calor. Son las doce de la mañana, y estás sudando como un pato. «¡Se acabó! ¡Voy a la piscina, no soporto más!». Gran idea. Te enfundas el bañador, te echas al hombro la toalla, y bajas. Una vez en el césped, ya cerca del bordillo, dejas tu ropa dobladita y te acercas al agua, tan cristalina, tan… «¡Uy, parece que esto debe estar frío!». Metes, con mucho cuidado, la punta del pie, y la sacas rápidamente. Ya no tienes tanto calor. Mejor te quedas tomando el sol, y que se bañe otro. Podrías resfriarte si te metes en ese iceberg líquido. ¿Cómo se te había pasado por la cabeza la locura de zambullirte en una piscina helada?

Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». El escriba se dio la vuelta y se marchó.

Es una lección veraniega tan esencial como básica. Uno no prueba la temperatura del agua: se tira de cabeza, y punto. Con Jesucristo sucede lo mismo: quienes se lo piensan, acaban dándose la vuelta. O santo, o nada.

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