Lávate la cara

Desde que, esta mañana, respondiste resoplando al primer «buenos días» de tu hijo mayor, los hermanos se han puesto de acuerdo y han llenado la casa de carteles: «¡CUIDADO! ¡MAMÁ MALHUMORADA!». Y, cuando te ven pasar, se meten en el cuarto de baño para evitar los efectos de tu mala noche.

Tú, que me lees, sabrás cambiar «mamá» por «papá», por «abuelo» o por «Agapito».

Perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

Lo que enseña Jesús para el ayuno sirve también para el insomnio, para el dolor de cabeza, o para esos ataques de mal humor. Nadie te culpa porque te encuentres mal; en ello no hay pecado, sólo contrariedad. Pero pecarás si, caminando por la casa con esa cara y esos modales, haces que los demás paguen tu mal humor.

¿No te encuentras bien? Lo siento por ti. Pero algo puedes hacer: Perfúmate la cabeza y lávate la cara. Sonríe, aunque tengas que pintarte la sonrisa, como los payasos. Y esa contrariedad se convertirá en gloria. Además, la familia te lo agradecerá.

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