Las tinieblas exteriores

Jesús fue crucificado fuera de la ciudad santa. Era necesario, para los escribas y fariseos, que el Señor muriera excomulgado, expulsado de los límites del reino de Dios, para que así quedase claro, ante los hijos de Abrahán, que quien siguiese a aquel hombre quedaba fuera del ámbito de la salvación.

Por el mismo motivo, también trataron de expulsarlo del «campo de juego» durante su vida con anatemas como éste: Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios. Si Jesús servía a Belzebú, seguirlo suponía quedar fuera del plan salvífico de Yahweh.

Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento, cargados con su oprobio (Heb 13,13). Ahora no se llama anatema, ni excomunión. Ahora se llama cancelación. Si profesas públicamente tu fe en Cristo en un mundo como el nuestro, no te extrañe que seas tildado de fascista, homófobo, machista, seguidor de pederastas, reprimido y anticuado. Esta sociedad nuestra, que llama laicismo al ateísmo más dogmático que han visto los siglos desde la Revolución Francesa, hará todo lo posible por sacarte del campo de juego y condenarte a las tinieblas exteriores.

Benditas tinieblas exteriores. Allí fue crucificado el Señor de la gloria. Allí se redime la tierra.

(TC03J)