Las palabras y la sangre

A partir de hoy, y hasta el Domingo de Ramos, el evangelio de la misa se centra en las discusiones mantenidas entre los judíos y Jesús. Si sabemos que esas discusiones culminan en la Semana Santa, entenderemos que no sirvieron, precisamente, para ablandar el corazón de aquellos hombres.

Para muestra, un botón:

Jesús dijo a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».

A un argumento debería corresponder un contraargumento. He aquí la respuesta:

Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo.

¿Comprendes? Cuando el corazón de los hombres está lleno de odio, las palabras no sirven para nada, porque son devoradas por ese odio antes de que puedan ser escuchadas en el alma. Si aquellos hombres hubieran dejado a un lado su inquina, y hubiesen escuchado, se habrían salvado:

Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna.

Pero, cuando el hombre no escucha y se convierte, no hay otro camino para la redención que el sacrificio: Jesús tuvo que morir por ellos.

Debes dar testimonio de Cristo con tus palabras. Pero no esperes que tu discurso produzca conversiones. Las almas se redimen con sangre, con la entrega de la vida.

(TC04X)