Las entrañas de Dios

La devoción al sagrado Corazón de Jesús, aun cuando brilla con especial fuerza en la edad moderna, se remonta a una tradición inmemorial sobre el corazón de Dios, fuertemente anclada en el Antiguo Testamento. Allí se nos habla de las «entrañas de misericordia» de Yahweh. Pero, para los judíos, estas palabras, aunque fueran un consuelo, suponían una metáfora. ¿Acaso tiene entrañas Dios?

En la Encarnación, Dios se revistió de entrañas. Adquirió un corazón humano, tan humano como el nuestro, capaz de gozar, sufrir, reír y llorar. Y ese corazón, al ser abatido por nuestras culpas, en lugar de rebelarse contra nosotros, respondió con la humildad suprema y se echó a llorar.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Así nos ha rescatado. Hemos sido redimidos por un corazón humano, capaz de llorar por Amor a Dios y al hombre.

¡Qué alegría, qué consuelo, qué delicia, poder acercarnos a Dios, incluso cuando lo hemos ofendido, y encontrar esa misericordia en unas entrañas abiertas por una lanza para que podemos refugiarnos en su seno!

¡Qué seguridad, en el camino de la vida, la que otorga el saber que, haga yo lo que haga, Tú, Señor, jamás dejarás de amarme!

(SCORJA)