Las barbas de Dios Padre

¿Qué esperaba Felipe cuando le pedía a Jesús: Señor, muéstranos al Padre y nos basta? ¿Acaso esperaba que el Señor chascase los dedos, y haciendo aparecer una nube ante los apóstoles, les señalara, dentro de la nube, el rostro de un hombre anciano y barbudo?

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre, le responde Jesús. ¿No le llamas al Salvador, cuando rezas el «Señor mío Jesucristo», «Creador, Padre y Redentor mío»? ¿Acaso, cuando lo haces, estás llamando «Padre» a Cristo? ¿O, más bien, estás mirando más allá de sus ojos, y contemplando, tras ellos, el Amor de Dios Padre?

Debes tratar mucho al Padre, a tu Padre. Pero, si quieres verlo, como Felipe, clava tus ojos en el sagrario. Y contemplarás, en el cuerpo eucarístico del Hijo, el don que el Padre te ofrece. Mirando fijamente a la custodia, es fácil decir «Papá», porque ves a Dios alimentando a sus pequeños y consolando sus soledades.

Apréndelo: Dios Padre no tiene más barbas que las de su Hijo, ni más ojos que los de Cristo. No porque sean sus barbas ni sus ojos, sino porque son las barbas que Dios te da, y los ojos que te regala.

(TP04S)

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