La Virgen de los asombros

Muchos sacerdotes tenemos la costumbre de referirnos a la Virgen antes de terminar nuestras homilías. Es deber de gratitud con la Señora, y caridad hacia los fieles, quienes, en cuanto oyen hablar de la Madre, comienzan a moverse en sus asientos, alborozados porque termina el sermón.

Hoy lo tendrán más difícil. La Virgen estará presente en el sermón desde el comienzo. ¿Cómo no iba a estarlo? ¡Miradla, asombrada ante su Hijo, al ser consciente de que es Madre de Dios!

Ese asombro se nos escapa; lo hemos perdido. Tanto peor para nosotros. Hemos presenciado tantos milagros, que se nos ha embotado el alma.

Que la Virgen nos devuelva el asombro. Ella, que se asombró desde niña por el Amor que Dios le profesaba, nos conceda asombrarnos cuando ese Amor nos inunda en la absolución. Ella, que se asombró ante la embajada del ángel, nos conceda escuchar con asombro la Palabra. Ella, que llevó con asombro a Dios en su vientre, nos conceda comulgar con temblor. Ella, que vio asombrada a Dios en sus brazos, nos conceda ese asombro a los sacerdotes cuando Jesús Hostia se pone en nuestras manos.

Despierta, Madre santa, nuestras almas. ¿Acaso no deberíamos morir de amor?

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“Misterios de Navidad

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