La vida como baile

No es la vida sino un baile. Y Dios, el músico perfecto. Desgrana sus notas para el hombre, y al hombre le corresponde moverse en armonía con la música de Dios. El rey David nos enseñó a dar gloria al Altísimo bailando en torno al Arca.

¿Qué tienes que hacer en todo el día? Nada, sólo bailar. Abrir el oído, escuchar la sinfonía y mover el pensamiento, los labios, las manos y los pies, de modo que mi vida, mi baile, haga visible ante los hombres la música de Dios.

¿A quién compararé esta generación? Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: «Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado». El Músico se queja. Toca a fiesta, y los hombres lloran. Toca a réquiem, y los hombres ríen. ¿A quién le estáis bailando?

Es que los ruidos del mundo ahogan la música de Dios, y no podemos distinguir el compás. Hay mucho ruido. Por eso necesitamos el Adviento: porque el Adviento significa silencio y espera. Dichoso aquél que, en estos días, habite en el silencio. Él podrá escuchar la sinfonía divina cuando sus notas se mezan en vagidos.

(TA02V)

“Misterios de Navidad