La trampa saducea

Los saduceos dicen que no hay resurrección. Pero, cuando piensan en ella, la imaginan como si fuera la prórroga infinita de la vida terrena. Como si, llegado el «final del partido», el árbitro pitase prórroga, y, después, se tragara el silbato. Por eso, cuando imaginan a esa pobre mujer, casada con los siete hermanos Dalton, uno detrás de otro, piensan en la pelea por saber quién de los siete se queda con la chica. Pero aquellos saduceos no habían entendido nada.

Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos. Si para él todos están vivos, es porque la vida eterna consiste, precisamente, en vivir para Dios. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo (Jn 17, 3). Quien, en este mundo, vive para Dios, vive ya vida eterna. Y su cuerpo, alimentado con la Eucaristía, resucitará, tras la muerte, para ser absorbido y transfigurado por esa vida nueva, que no es una continuación de ésta.

(TOI33S)